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Con deliberada austeridad y sin excesos expresivos, características éstas de varias posturas contemporáneas, Daniel Amaral Oyarvide asume el desafío y concreta un entrañable rescate de lo bello. Importa la precisión porque esa devoción hacia la belleza es uno de las guías esenciales en toda su obra. Baudrillard ha sostenido que la seducción ante lo bello, en tanto seducción, era mero artificio, apenas simulacro. Sin embargo, en este caso, sucede lo contrario. La seducción ante lo bello germina desde lo visceral y no parece vincularse ni con hedonismos explícitos ni con la sensualidad. Se entrama en lo afectivo, en los anhelos del ser humano, en sus creencias, en sus parcelas íntimas, aun en los desvelos de sus inexplicables angustias. Nace desde el mito y sobrevuela por sobre el prudente pensamiento racional, genera incertidumbres y ofrece el reposo de lo que no reclama la rigidez lógica ni la exuberancia del deliro. Se acomoda en la tibia intimidad de lo que suele llamarse espíritu. Genera un profano ejercicio de fe que puede conmocionar incluso a rígidos ateos, a inseguros agnósticos.

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